Soltó el humo con los ojos cerrados. En un mundo ideal no los abriría hasta el día siguiente, pero tenía que terminar y enviar el manuscrito ya revisado esta misma noche. Por un momento dudó, no lo lograría. Sería tan fácil ceder a la tentación, rendirse…
Estaba en el viejo Oeste, en un bar. Mejor dicho, en un Saloon. Polvo por todos lados, música, apuesta y chicas alegres. Tenía cara de preocupación, ansias. Se enfrentaba a una misión que no recordaba claramente y tenía la sensación de que la situación no se desarrollaba de acuerdo al plan. Una mano en el revolver, la otra en un vaso. Whisky. Seco. Se toma lo que le queda de un trago, golpea la mesa con el vaso e inmediatamente pide otro. Instintiva y disimuladamente voltea hacia todas las entradas. Ni señas de su contacto. Algo no está bien. Se para al mismo momento en que le llega el nuevo trago, saca varios billetes arrugados del bolsillo de atrás y los tira en la barra. Se empina el vaso y en el momento que el alcohol toca su garganta una luz cegadora …
… Shit. No. Intenta volver a dormir. Shit. Lo perdió. Mierda. Bueno, en realidad mejor, tiene que trabajar. El deber llama. Igual, horrible no saber como terminaba la historia, estaba en su momento culminante. Shit. ¿Debería abrir los ojos? Sería admitir la derrota. Si abría los ojos no había vuelta atrás, se tendría que sentar a…
No estaba muy seguro de que época estaba, pero la casa le resultaba muy familiar. Madera por todos lados, árboles, cabezas de animales disecados, muebles lujosos. Era una especie de casa de árbol construida por alguien con todo el dinero del mundo. No había nadie a la vista. No se sentía seguro. Volteó cuando escucho un ruido, una especie de ascensor se movía, se acercaba. En ese momento recordó de dónde conocía esta casa, la había visto en un programa televisivo…
… Arghhh. Lo volvió a perder. Lo sentía en todo el cuerpo, esta vez no le iba a ser tan fácil volverse a dormir. Mantuvo los ojos cerrados un par de minutos pero era obvio que lo había perdido. Más valía pararse. Sin pensarlo ni un segundo más, se incorporó. Lavó la tetera. Prendió la computadora. Trabajó toda la noche e igual no terminó.
Año y medio en la caverna era simplemente demasiado.
La razón la había perdido hace mucho, ahora estaba en la etapa en la que se daba cuenta de lo grave de su estado mental. Nada lo asustaba más que él mismo. En cualquier caso, no tenía alterativa: afuera seguía nevando. Y podía sentir la presencia de los predadores, esperando para atacar al primero que se descuidara. No sobreviviría ni una semana a la interperíe. Tenía que permanecer en su palacio.
La estaba pasando en grande, eso siempre. Había podido dedicarse a actividades que no se permitía desde que comenzó a subir, desde que emprendió el largo camino que lleva a la cima. Leía. Escribía. Reflexionaba. Meditaba. Se preparaba para la batalla, física y psicológicamente. Su mente estaba mucho más afilada que su cuerpo, pero tenía una buena excusa para ello: había una cantidad limitada de actividades que podía realizar en un espacio tan pequeño. Su palacio.
En algún momento decidió que necesitaba un hobbie. Lo meditó cuidadosamente, con el nivel de metículosidad al que sólo se puede llegar cuando no se tiene nada que hacer, y finalmente decidió desarrollar un arma. En su juventud había visto un documental sobre los diferentes tipos de lanzas que utilizaban los indígenas del mundo y a partir de ese momento el tema se convirtió en algo recurrente en su vida. En teoría sabía todo lo que había que saber sobre lanzas, espadas, hachas, boleas y cerbatanas. En teoría.
Comenzó sin muchas expectativas, no tenía mucho talento para las manualidades y, al final, por muy perfecta que le quedara la lanza jamás podría colocarle una punta de hierro. Tenía, sin embargo, varios cuchillos, y utilizándolos comenzó a tallar los diferentes tipos de madera que tenía a su alcance. Estaba en la etapa experimental y sus primeros prototipos fueron humillantemente desastrosos. Por suerte estaba solo en un cueva. El secreto de sus fracasos estaba a salvo en su fortaleza de soledad.
Igual, a los meses abandonó el hobbie. No era su culpa, desde el principio había sido una idea estúpida. No tenía las herramientas necesarias para realizar un trabajo de calidad. Siempre le pasaba lo mismo, se obsesionaba con cosas que resultaban imposibles en la práctica. No había avanzado ni un paso desde que era adolescente, seguía atrapado, repitiendo los mismos ciclos. Probablemente lo seguiría haciendo por los siglos de los siglos. Y afuera seguía nevando.
En algún momento, una de esas noches, la tuvo. Pensaba en como debía continuar un texto en el que tenía varios días trabajando y relacionó uno de los términos con el proceso de fabricación de armas. Paró. Volvió a entretener la idea y se dio cuenta que tenía algo grande atrapado en su red, sin querer había pescado una ballena blanca. Recogió los papeles relacionados con el texto en el que estaba trabajando, los guardó cuidadosamente, y sacó tres hojas en blanco.
Trabajo día y noche, por meses.
Eventualmente tuvo que detenerse, paró y contempló su obra. Todavía le quedaba un largo camino por recorrer, pero estaba satisfecho. Era lo suficientemente buena. Muy pronto saldría de su cueva con otra actitud, sin paranoías y sin preocupaciones, silvando y oliendo las rosas. Esta vez esperaba toparse con algún depredador. Tenía que probar el arma perfecta.
FIN.
N del A: Este cuento, “El arma perfecta”, es la secuela no oficial de “La excusa perfecta”.
En la tarde, transitaba en su carro escuchando la radio cuando sonó:
La Cenicienta de esta historia por primera vez le puso atención a la letra, comprendió lo que decía el coro e intentó decifrar los versos de Eminem. Al llegar a su casa lo primero que hizo, antes de revisar su correo, fue buscar el video en You Tube y las letras en alguno de esos websites. Escuchó la canción 6 veces seguidas. Se quedó con la boca abierta. No era que la historia que contaban el rapero y la cantante se relacionara a su vida, nada más lejos de la verdad, pero la canción le había hecho comprender que era lo que le faltaba a su ex-relación, una que practicamente acababa de terminar: pasión.
Hace un par de años había seguido indignada la historia de la golpiza que Chris Brown le propinó a Rihanna; y en el momento no podía comprender las acciones de la cantante, el porqué intentó retomar la relación a pesar de la violencia. Pasión. No hay excusa posible para un hombre que le pega a una mujer, pero la vida es complicada, las emociones se salen de control y si la historia de Rihanna y su ex tenía algo que ver con la que cuenta la canción que escribió Eminem, habían sentimientos muy fuertes en juego. Igual, Chris Brown era un basura y debería estar en la cárcel.
La Cenicienta tomó el último sorbo de la copa de vino, miraba alrededor buscando la botella cuando cayó en cuenta de donde estaba. La casa de su nuevo hombre era inmensa, tan grande que necesitaban 3 personas sólo para mantenerla reluciente. Ayer habían llegado de Saint Martin en un pequeño avión privado. En estas vacaciones improvisadas su nuevo hombre probablemente había gastado más dinero de lo que su ex ganaba en un año.
La aterraba que sus amigos pensaran que la razón de su cambio de pareja era el dinero. Y sospechaba que lo hacían. Todavía no se había atrevido a enfrentarlos, pero había que considerar que nuestra heroína había estado muy ocupada bronceándose y comiendo frutos del mar en una isla del Caribe. Y la verdad, ¿qué importaba lo que pensaran los otros? Ella no sólo estaba feliz, estaba muy clara acerca de la razón principal del final su relación anterior: pasión, falta de.
Esto no tenía nada que ver con dinero.
Su ex jamás hubiera amenazado con amarrarla a la cama y quemar la casa si ella se iba.
Era mejor dejar de preocuparse por todo esto. Para sacarse la canción de Eminem de la cabeza La Cenicienta comenzó a tararear una que había estado acompañándola durante sus vacaciones improvisadas:
Frente al espejo, practicaba. Intentaba hacer la voz de un norteamericano hablando español. No le salía muy bien, en realidad. Repetía la misma frase una y otra vez, variando las tonalidades, formas de decirlo y estados de ánimo. Se le veía la frustración en la cara. Tenía un par de horas frente al espejo y no estaba satisfecho con los resultados.
Nunca había sido buen actor, de hecho nunca había intentado actuar, pero si quería continuar su carrera como maestro del disfraz era el momento de tomar al toro por los cachos. No importaba cuando tiempo tomara. Salío del baño al cuarto. Encima de su cama había un montón de ropa y accesorios todavía con las etiquetas. En su vida cotidiana jamás hubiera considerado utilizar el 99% de los productors que habia comprado. Esa era la idea, su ropa era muy fácil de identificar.
Se sentó a un lado del montón y agarró libreta y bolígrafo de la mesita de noche. Comenzó a hacer una lista:
- 2 pelucas, marrón y amarillo.
- Bigotes.
- Maquillaje variado (averiguar)
- ¿Traje de Gordo?
Se quedó pensando un rato en qué más necesitaba. Tachó el traje de gordo, aunque lo quisiera nunca iba a encontrar uno en Caracas. Se paró y fue a la computadora, la despertó, cerró Bittorrent y abrió Chrome. Fue a Google y tipeo en la barra de búsqueda “Disfraces Caracas”. Para su sorpresa aparecieron montones de resultados. Revisó varios y se dio cuenta de que la mayoría de la oferta era en disfraces para niños. Siguió buscando. Anotó una dirección, luego otra. Volvió a abrir Bittorrent. Se paró.
Otra vez en el baño, siguió practicando. Esta vez intentó el acento argentino.
MULTIMEDIA: “Solution to boredom - Lesson 4:”
Le dolían las piernas, el cuello, la espalda y no podía ver el final del camino. Volteó. Tampoco podía ver el principio del empinado camino que se extendía interminable, delante y detrás. Tenía que hacer un esfuerzo para recordar el día en el que había comenzado a subir, el día que se había decidido. Ese fue un buen día. Tener un objetivo es un excelente motivador, te mantiene en movimiento, en pie de lucha.
Igual, sería reconfortante ver el final. O el principio. O algo. La neblina era cada vez más espesa y el oxígeno cada vez más escaso. Pensó en detenerse, descansar 10 minutos, o un mes, pero no se lo permitió. Se sujetó con fuerza de su bolso y apretó el paso, intentando concentrarse en su respiración:
- Aspira. Pausa. Espira. Pausa. Aspira. Pausa. Espira Pausa. Aspiración. Pausa. Espiración. Pausa. Aspiración. Pausa. Ese es el problema, tengo demasiadas aspiraciones. Quiero demasiado, todo y ya. Ya. Concéntrate guevón. Aspiración. Pausa. Espiración. Pausa. Aspiración. Pausa. Ja, Asspiración. Que genial. ¿Será demasiado complicado? Seh, mucha gente no lo va a entender, demasiado spanglish. Además, en realidad no tiene sentido. ¿Asspiración? What the fuck does that mean? Es simplemente terrible. Fuck. Mejor voy a cambiar de palabra. Inspira. Pausa. Espira. Pausa. Inspiración. Pausa. También tenía demasiada inspiración, ese es otro problema. Una cantidad de ideas exágerada. Fuck. Uno. Pausa. Dos. Pausa. Uno. Pausa. Dos. Pausa. Uno. Pausa. Dos. Pausa. Uno. Pausa. Dos. Pausa. Uno. Pausa. Dos. Fuck, no me jodas.
En ese momento se percató de que a su alrededor estaban cayendo copos de nieve. También se percató del frío, la temperatura seguía bajando. En un principio se emocionó, eran contadas las ocasiones que había tenido contacto con la nieve. Esto podía ser divertido, interesante, diferente. Luego, se percató de lo que esto significaba para él y su travesía. Esto iba a ser terrible, insoportable, posiblemente mortal.
Lo pensó un rato.
La mala noticia era que tenía que encontrar refugio, y rápido. La buena era que tenía la excusa perfecta para tomarse un descanso. Vacacionar.
Se ajustó el bigote nuevamente y nada, por más que lo intentaba aún no estaba conforme. Estaba seguro de que alguien en el público notaría que era él, conocía demasiada gente en Caracas como para pasar desapercibido. De cualquier manera tenía que salir ya, como era su primera vez le habían dado el honor de abrir el espectáculo y tenía que estar montado en el escenario en cuestión de dos horas. Se vio en el espejo cuerpo completo por última vez, la ropa de los noventas y la lipa falsa funcionaban bastante bien, el problema era la cara. Se colocó los lentes oscuros y se volteó rápidamente, apenas apareció en el espejo se reconoció. Esto no iba a funcionar.
Bajó caminando hasta la estación de Metro de Altamira, desde la montaña en la que vivía eran cerca de 25 minutos de aire fresco en los que pretendía calmar los nervios y ensayar su rutina en la mente por última vez. Una vez que llegó a la civilización rogó por encontrarse a alguien conocido para estudiar su reacción, pero no tuvo esa suerte. Bajó a las catacumbas infernales en las que se había convertido el medio de transporte más eficiente que tenía la ciudad e inmediatamente se arrepintió de haber venido caminando, la actividad física combinada con el vapor humano que emanaba el Metro mezclada con las tres capas de ropa que tenía encima pudieron más que él y comenzó a sudar copiosamente. Parte del disfraz, pensó.
Se bajó en Chacaito pues temía por su integridad física y no quería pasar por Sabana Grande de noche. Subió a la avenida Solano y comenzó a caminar hacia el local de rock que algunos lunes y otros martes recibía a la naciente escena de comediantes venezolanos. El aire relativamente fresco calmó un poco el calor extremo que había dentro de su traje de gordo improvisado. A pesar de que esta avenida era considerada de lo más peligroso de la ciudad nadie lo molestó, de hecho pocos notaron su presencia.
Una vez dentro del local lo pasaron al backstage - que no era más que una cocina en desuso con unas cuantas sillas de plástico - y le dijeron que se montaba en 30 minutos, lo cual él sabía significaba al menos una hora de espera. Se relajó y se tomó un trago de ron, bebida que normalmente no se permitía tomar ya que lo volvía loco y le generaba una resaca insoportable al día siguiente, pero hoy no era él. Hoy era Gastón García.
Cuando el presentador terminó la rutina con la que abría el show y lo presentó se arrepintió por la pobre selección de su nombre artístico, ¿Gastón García?, ¿En qué estaba pensando exactamente? Se montó al escenario con ese pensamiento en mente y se sorprendió al ver que había una cantidad respetable de personas en el público. Igual comenzó así:
- Esta rutina con la que los voy a aburrir hoy la escribí hace un par de años, cuando comenzó esto del stand up comedy en Venezuela, pero pensé: “voy a dejar que este montón de idiotas monten las bases, consigan un público, demuestren que esta vaina puede ser una alternativa para la noche caraqueña y cuando logren sacar los shows de los lunes y martes me anoto.
Luego lanzó un montón de chistes sobre rock, principalmente sobre los noventas, sobre Nirvana y Kurt Cobain, sobre Dave Grohl, sobre el disco de mierda ese que Chris Cornell hizo con Timbaland, sobre lo patético que es Eddie Vedder y lo excelente que es el soundtrack de “Into the Wild”. La mayoría de las referencias pasaron por encima del público, quizás comprendieron la mitad. Y cabe recordar que estaban en un local de rock que normalmente pone canciones de los noventas una detrás de otra. Hizo chistes sobre eso, se burló de los selectors venezolanos y de lo humillante que era su trabajo. Nada. Su rutina fracasó.
Quizás los nervios lo afectaron. Quizás falló en el delivery. Quizás debió grabarse, escucharse y ver que salió mal. Quizás la culpa no era del público y de su falta de cultura de cualquier tipo. Quizás simplemente no era gracioso. Quizás debía enviarle una transcripción de su rutina a varias personas y pedirles consejo. Quizás, quizás, quizás.
Lo cierto es que a pesar de que su carrera como comediante no había comenzado con los aplausos y las risas ensordecedoras que había imaginado, cuando salió del local estaba volando por las nubes, la emoción era más grande que él, lo que estaba sintiendo no lo había experimentado jamás. Nadie lo había reconocido. En el público había gente que lo conocía, interactúo con el dueño del local y el Dj, casi se le cae la peluca un par de veces, habló con una voz falsa por veinte minutos y nadie lo reconoció.
Quizás su comedia no había tenido el éxito que esperaba esta noche, pero su carrera como maestro del disfraz acababa de comenzar con una explosión que nadie escuchó. Era sólo suya.
MULTIMEDIA: “The Master of Disguise”, theatrical trailer:
Leer lo que sus conocidos escribían le hacía ver su propio trabajo con otros ojos. Todo era una mierda. Todo era derivativo. Nadie tenía bolas, incluyéndolo. La literatura había caído en desgracia y nada la podía salvar.
Lo peor, sin embargo, era la obra de los que se suponía eran las voces del momento. De los que la crítica consideraba los herederos de la pluma, el futuro, los representantes de una escuela en construcción. Considerando que los cimientos se levantaban en un pozo séptico no cabía duda de que esto iba a terminar como empezó: mierda por todos lados.
Tomó el último sorbo de la taza de té y decidió calmarse, ignorar el olor e interpretar lo que lo rodeaba como un caliente baño de lodo, estirar las piernas y colocarse una rueda de pepino en cada ojo. En las inmortales palabras de Raoul Duke: “Ignore the nightmare in the bathroom”.
La vida no podía ser más perfecta.
N del A: Este no va en la numeración oficial porque no lo escribí en una sentada. Lo hice como en tres.
“Subjetiva” - Por: Amílcar Ortega
Te despiertas luego de un sueño reparador, la grama bajo tu cuerpo, la almohada compuesta por hojas secas y el suéter verde con rombos negros ya deshecha. Arriba, las ramas del árbol que te hubiera protegido de una posible lluvia nocturna ahora te dan sombra. Te tomas unos minutos antes de incorporarte, intentas recordar el sueño que acaba de terminar pero las imágenes se escurren entre tus dedos, se te escapan y se pierden para siempre. No te lo tomas a pecho, ya ha pasado antes.
Nunca habías dormido a la intemperie. No sabías de lo que te estabas perdiendo. Te alegras de haber salido de la gran ciudad, la capital. Te alegras de no haberle avisado a nadie de tu viaje. Te alegras de haber subido a estas montañas, unas que habías visitado hace muchos años, en tu juventud. Te alegras. Agarras la botella de vino de mora y le das uno, dos tragos. Es de mañana, pero nadie está aquí para juzgarte.
Estás de pie. Decides ir hacia el río, comerás a sus orillas. Cortas el queso ahumado y lo metes en la arepa de trigo que te queda. Esto es vida. Consideras zambullirte pero el frío te hace descartar la idea. Comes y tomas vino. Te recuestas y detallas el cielo. Tienes que concentrarte para no pensar en las cosas que te preocupan; es un gran esfuerzo pero lo estás logrando, tienes la mente en verde. Verde grama.
Te paras. Decides caminar un rato siguiendo el cauce del río. Bebes. Amas el vino. No hay nada como el vino. Piensas en las personas que creen que saben de vinos y no pueden disfrutar de uno de mora, casero y primitivo, porque no tiene la calidad que exige su paladar. Te esfuerzas para no sentir pena por ellos, no quieres contaminar el momento con pensamientos negativos. Subes a una roca. Sientes el viento. Bajas de la roca.
Decides meterte al agua. El frío puede ser tu amigo. Te deshaces de tu ropa y la dejas cuidadosamente desordenada encima de los zapatos, a la orilla. Tocas el agua con el pie y casi te arrepientes, pero no hay nada que te pueda detener. El río no es lo suficientemente profundo para zambullirte, te metes poco a poco, con cuidado, maximizando la agonía que te causa el cambio de temperatura. Esto es vida. Lo único que llevas contigo al agua es la botella. Bebes. Sientes las piedras bajo tus pies. Muchas. Montones.
Lamentablemente no puedes dejar de ver la ropa cada cierto tiempo. A pesar de que no hay nadie alrededor tu espíritu citadino no te permite dejar de vigilarla. Piensas en los duendes que se rumorea viven en estas montañas y te sientes mejor, es la justificación perfecta para tu paranoia. Todavía está todo. Bebes. Sientes las piedras bajo tus pies. Te alegras. Intentas flotar. Piensas en la nada. Recuerdas momentos felices, tu infancia.
Estás fuera del agua, te secas. Muy acertado eso de traer paño y una cobija. Pensabas que el quedarte a dormir en las montañas había sido una decisión del momento, espontánea, pero la presencia de estos objetos te hace sospechar que tu subconsciente lo tenía planeado. Le agradeces. Excelente plan, pero pronto tiene que terminar. Ya no tienes comida ni ropa. Además, estás pagando una habitación en una posada y no la quieres desperdiciar. Un baño con agua corriente. Agua caliente.
Llevas unos minutos caminando cuando te das cuenta de que tu suéter ha desaparecido. Revuelves desesperadamente el bolso. No está. Revisas a tu alrededor buscando una mancha verde con rombos negros. Nada a la vista. Te devuelves al lugar en el que te bañaste. No está. Piensas en volver al árbol donde dormiste pero concluyes que sería inútil. Esos duendes, ¿no podían robarse la cobija o el paño? Era tu suéter preferido. Tomas el último sorbo de vino, suspiras y sigues tu camino.
Ya en la carretera encuentras un pote de basura y te deshaces de todos los desperdicios. Tienes que caminar un rato hasta la parada de autobús. Pasas por un restaurant que fue muy importante en tu juventud, lo atendía la gente más inusual, con los mejores cuentos. La comida era muy buena, también. Está cerrado porque no es temporada de turistas. Ya lo sabías, de subida habías leído el cartel, pero guardabas esperanzas de encontrarlo abierto de bajada.
Ya en el autobús no puedes dejar de ver por la ventana. Los árboles pasan, las casas también. Esto es vida. Te alegras. No piensas en tus problemas ni una sola vez. El autobús baja y tú subes, te dejas llevar, caminas por los aires. No puedes esperar a llegar a la ciudad, darte un baño, cambiarte de ropa e ir a comer. Te esperan la que años atrás te pareció la mejor pizza que habías comido en tu vida. Luego planeas salir, enfrentarte a la vida nocturna e intentar extraerle placer, pero finalmente decidirás que el objetivo de este viaje es otro. Necesitas reflexión, no acción.
En tu cama, con el estómago lleno y los audífonos vibrando, analizas tus problemas. Tiene que haber una solución. La encontrarás. Recuerdas que el día en que llegaste: luego de dejar tus maletas en la posada saliste a dar un paseo, cuando pasabas por el viaducto viste hacia abajo, el río, y pensaste en lo fácil y conveniente que sería saltar. Olvidarlo todo y lanzarte a la corriente. La razón para no hacerlo era contundente: muy probablemente sobrevivirías. Además, tampoco era para tanto. La montaña te había hecho bien, si pasaras por el viaducto en este momento probablemente ni considerarías privar al mundo de tu presencia.
Al rato estás leyendo. No tenía caso seguir pensando, dándole vueltas a las mismas ideas. Ni sospechas que cuando despiertes te llegará la decisión fulminante como un rayo, sabrás que hacer. Por ahora disfrutas del libro y del silencio a tu alrededor. Este silencio no lo podrías comprar en la ciudad en la que vives. Que lujo. Consideras brevemente mudarte pero deshechas la idea, una persona como tú sólo puede vivir en medio del infierno, donde se desarrolla todo. Te esfuerzas para liberar la mente de pensamientos y volver a concentrarte en el libro. Lo logras. Una hora y once minutos después, te duermes con una sonrisa en la boca.