Si había alguien que merecía su odio incondicional era el guevón de Dudamel.
No había nada que le diera más arrechera que el hecho de que ahora todo mundo en Venezuela fuera fanático de la música académica y compraran con meses de anticipación las entradas para los conciertos que dirigía el enano de mierda ese. Era realmente asqueroso, pero no le sorprendía en lo más mínimo. Así exactamente era su país. Si alguna vez alguien le preguntaba sobre la idiosincracia del venezolano tenía que recordar esto como un ejemplo perfecto.
Su desprecio hacia el mejor director del mundo, y esto quería que quedara bien claro, no tenía nada que ver con la posición política del personaje en cuestión. Su desprecio era generado por la más pura envídia. No tenía problema en admitirlo. No podía vivir en un mundo en el que Gustavo fuera el director de la Filarmónica de Los Angeles y el protagonista de un juego para iPhone. Al menos una copia terrible de Guitar Hero y similares, eso lo consolaba un poco.
Una vez se lo había cruzado en un centro comercial de Caracas, por eso sabía que era un enano de mierda. Como todo nuevo famoso el cabeza de guevo estaba esperando que lo reconocieran, pero él y las tres personas con las que estaba, como si tuvieran comunicación telepática, procedieron a ignorarlo y continuaron hablando de la excelente película que acababan de ver. Igual, gente que se arrodille a sus pies no le va faltar, así que estaba seguro de que Dudamel había superado ese encuentro en particular.
Él, por el contrario, estaba completamente jodido. El culto a Dudamel, o mejor dicho, al cabeza de guevo enano de mierda ese, apenas estaba comenzando y sin duda le iba a generar una úlcera tarde o temprano. Nada más miren este video:
El mundo era, sin duda alguna, un experimento especialmente diseñado para torturarlo, para probar cuanto podía resistir.
Probablemente no sería mucho más.