Thursday, Jan 6th, 2011 ↓

CUENTO 029: “El arma perfecta”

Año y medio en la caverna era simplemente demasiado.

La razón la había perdido hace mucho, ahora estaba en la etapa en la que se daba cuenta de lo grave de su estado mental. Nada lo asustaba más que él mismo. En cualquier caso, no tenía alterativa: afuera seguía nevando. Y podía sentir la presencia de los predadores, esperando para atacar al primero que se descuidara. No sobreviviría ni una semana a la interperíe. Tenía que permanecer en su palacio.

La estaba pasando en grande, eso siempre. Había podido dedicarse a actividades que no se permitía desde que comenzó a subir, desde que emprendió el largo camino que lleva a la cima. Leía. Escribía. Reflexionaba. Meditaba. Se preparaba para la batalla, física y psicológicamente. Su mente estaba mucho más afilada que su cuerpo, pero tenía una buena excusa para ello: había una cantidad limitada de actividades que podía realizar en un espacio tan pequeño. Su palacio.

En algún momento decidió que necesitaba un hobbie. Lo meditó cuidadosamente, con el nivel de metículosidad al que sólo se puede llegar cuando no se tiene nada que hacer, y finalmente decidió desarrollar un arma. En su juventud había visto un documental sobre los diferentes tipos de lanzas que utilizaban los indígenas del mundo y a partir de ese momento el tema se convirtió en algo recurrente en su vida. En teoría sabía todo lo que había que saber sobre lanzas, espadas, hachas, boleas y cerbatanas. En teoría.

Comenzó sin muchas expectativas, no tenía mucho talento para las manualidades y, al final, por muy perfecta que le quedara la lanza jamás podría colocarle una punta de hierro. Tenía, sin embargo, varios cuchillos, y utilizándolos comenzó a tallar los diferentes tipos de madera que tenía a su alcance. Estaba en la etapa experimental y sus primeros prototipos fueron humillantemente desastrosos. Por suerte estaba solo en un cueva. El secreto de sus fracasos estaba a salvo en su fortaleza de soledad.

Igual, a los meses abandonó el hobbie. No era su culpa, desde el principio había sido una idea estúpida. No tenía las herramientas necesarias para realizar un trabajo de calidad. Siempre le pasaba lo mismo, se obsesionaba con cosas que resultaban imposibles en la práctica. No había avanzado ni un paso desde que era adolescente, seguía atrapado, repitiendo los mismos ciclos. Probablemente lo seguiría haciendo por los siglos de los siglos. Y afuera seguía nevando.

En algún momento, una de esas noches, la tuvo. Pensaba en como debía continuar un texto en el que tenía varios días trabajando y relacionó uno de los términos con el proceso de fabricación de armas. Paró. Volvió a entretener la idea y se dio cuenta que tenía algo grande atrapado en su red, sin querer había pescado una ballena blanca. Recogió los papeles relacionados con el texto en el que estaba trabajando, los guardó cuidadosamente, y sacó tres hojas en blanco.

Trabajo día y noche, por meses.

Eventualmente tuvo que detenerse, paró y contempló su obra. Todavía le quedaba un largo camino por recorrer, pero estaba satisfecho. Era lo suficientemente buena. Muy pronto saldría de su cueva con otra actitud, sin paranoías y sin preocupaciones, silvando y oliendo las rosas. Esta vez esperaba toparse con algún depredador. Tenía que probar el arma perfecta.

FIN.

N del A: Este cuento, “El arma perfecta”, es la secuela no oficial de “La excusa perfecta”.