Friday, Feb 11th, 2011 ↓

CUENTO 031: “Viajes cortos”

Soltó el humo con los ojos cerrados. En un mundo ideal no los abriría hasta el día siguiente, pero tenía que terminar y enviar el manuscrito ya revisado esta misma noche. Por un momento dudó, no lo lograría. Sería tan fácil ceder a la tentación, rendirse…

Estaba en el viejo Oeste, en un bar. Mejor dicho, en un Saloon. Polvo por todos lados, música, apuesta y chicas alegres. Tenía cara de preocupación, ansias. Se enfrentaba a una misión que no recordaba claramente y tenía la sensación de que la situación no se desarrollaba de acuerdo al plan. Una mano en el revolver, la otra en un vaso. Whisky. Seco. Se toma lo que le queda de un trago, golpea la mesa con el vaso e inmediatamente pide otro. Instintiva y disimuladamente voltea hacia todas las entradas. Ni señas de su contacto. Algo no está bien. Se para al mismo momento en que le llega el nuevo trago, saca varios billetes arrugados del bolsillo de atrás y los tira en la barra. Se empina el vaso y en el momento que el alcohol toca su garganta una luz cegadora …

… Shit. No. Intenta volver a dormir. Shit. Lo perdió. Mierda. Bueno, en realidad mejor, tiene que trabajar. El deber llama. Igual, horrible no saber como terminaba la historia, estaba en su momento culminante. Shit. ¿Debería abrir los ojos? Sería admitir la derrota. Si abría los ojos no había vuelta atrás, se tendría que sentar a…

No estaba muy seguro de que época estaba, pero la casa le resultaba muy familiar. Madera por todos lados, árboles, cabezas de animales disecados, muebles lujosos. Era una especie de casa de árbol construida por alguien con todo el dinero del mundo. No había nadie a la vista. No se sentía seguro. Volteó cuando escucho un ruido, una especie de ascensor se movía, se acercaba. En ese momento recordó de dónde conocía esta casa, la había visto en un programa televisivo…

… Arghhh. Lo volvió a perder. Lo sentía en todo el cuerpo, esta vez no le iba a ser tan fácil volverse a dormir. Mantuvo los ojos cerrados un par de minutos pero era obvio que lo había perdido. Más valía pararse. Sin pensarlo ni un segundo más, se incorporó. Lavó la tetera. Prendió la computadora. Trabajó toda la noche e igual no terminó.