N del A: Este no va en la numeración oficial porque no lo escribí en una sentada. Lo hice como en tres.
“Subjetiva” - Por: Amílcar Ortega
Te despiertas luego de un sueño reparador, la grama bajo tu cuerpo, la almohada compuesta por hojas secas y el suéter verde con rombos negros ya deshecha. Arriba, las ramas del árbol que te hubiera protegido de una posible lluvia nocturna ahora te dan sombra. Te tomas unos minutos antes de incorporarte, intentas recordar el sueño que acaba de terminar pero las imágenes se escurren entre tus dedos, se te escapan y se pierden para siempre. No te lo tomas a pecho, ya ha pasado antes.
Nunca habías dormido a la intemperie. No sabías de lo que te estabas perdiendo. Te alegras de haber salido de la gran ciudad, la capital. Te alegras de no haberle avisado a nadie de tu viaje. Te alegras de haber subido a estas montañas, unas que habías visitado hace muchos años, en tu juventud. Te alegras. Agarras la botella de vino de mora y le das uno, dos tragos. Es de mañana, pero nadie está aquí para juzgarte.
Estás de pie. Decides ir hacia el río, comerás a sus orillas. Cortas el queso ahumado y lo metes en la arepa de trigo que te queda. Esto es vida. Consideras zambullirte pero el frío te hace descartar la idea. Comes y tomas vino. Te recuestas y detallas el cielo. Tienes que concentrarte para no pensar en las cosas que te preocupan; es un gran esfuerzo pero lo estás logrando, tienes la mente en verde. Verde grama.
Te paras. Decides caminar un rato siguiendo el cauce del río. Bebes. Amas el vino. No hay nada como el vino. Piensas en las personas que creen que saben de vinos y no pueden disfrutar de uno de mora, casero y primitivo, porque no tiene la calidad que exige su paladar. Te esfuerzas para no sentir pena por ellos, no quieres contaminar el momento con pensamientos negativos. Subes a una roca. Sientes el viento. Bajas de la roca.
Decides meterte al agua. El frío puede ser tu amigo. Te deshaces de tu ropa y la dejas cuidadosamente desordenada encima de los zapatos, a la orilla. Tocas el agua con el pie y casi te arrepientes, pero no hay nada que te pueda detener. El río no es lo suficientemente profundo para zambullirte, te metes poco a poco, con cuidado, maximizando la agonía que te causa el cambio de temperatura. Esto es vida. Lo único que llevas contigo al agua es la botella. Bebes. Sientes las piedras bajo tus pies. Muchas. Montones.
Lamentablemente no puedes dejar de ver la ropa cada cierto tiempo. A pesar de que no hay nadie alrededor tu espíritu citadino no te permite dejar de vigilarla. Piensas en los duendes que se rumorea viven en estas montañas y te sientes mejor, es la justificación perfecta para tu paranoia. Todavía está todo. Bebes. Sientes las piedras bajo tus pies. Te alegras. Intentas flotar. Piensas en la nada. Recuerdas momentos felices, tu infancia.
Estás fuera del agua, te secas. Muy acertado eso de traer paño y una cobija. Pensabas que el quedarte a dormir en las montañas había sido una decisión del momento, espontánea, pero la presencia de estos objetos te hace sospechar que tu subconsciente lo tenía planeado. Le agradeces. Excelente plan, pero pronto tiene que terminar. Ya no tienes comida ni ropa. Además, estás pagando una habitación en una posada y no la quieres desperdiciar. Un baño con agua corriente. Agua caliente.
Llevas unos minutos caminando cuando te das cuenta de que tu suéter ha desaparecido. Revuelves desesperadamente el bolso. No está. Revisas a tu alrededor buscando una mancha verde con rombos negros. Nada a la vista. Te devuelves al lugar en el que te bañaste. No está. Piensas en volver al árbol donde dormiste pero concluyes que sería inútil. Esos duendes, ¿no podían robarse la cobija o el paño? Era tu suéter preferido. Tomas el último sorbo de vino, suspiras y sigues tu camino.
Ya en la carretera encuentras un pote de basura y te deshaces de todos los desperdicios. Tienes que caminar un rato hasta la parada de autobús. Pasas por un restaurant que fue muy importante en tu juventud, lo atendía la gente más inusual, con los mejores cuentos. La comida era muy buena, también. Está cerrado porque no es temporada de turistas. Ya lo sabías, de subida habías leído el cartel, pero guardabas esperanzas de encontrarlo abierto de bajada.
Ya en el autobús no puedes dejar de ver por la ventana. Los árboles pasan, las casas también. Esto es vida. Te alegras. No piensas en tus problemas ni una sola vez. El autobús baja y tú subes, te dejas llevar, caminas por los aires. No puedes esperar a llegar a la ciudad, darte un baño, cambiarte de ropa e ir a comer. Te esperan la que años atrás te pareció la mejor pizza que habías comido en tu vida. Luego planeas salir, enfrentarte a la vida nocturna e intentar extraerle placer, pero finalmente decidirás que el objetivo de este viaje es otro. Necesitas reflexión, no acción.
En tu cama, con el estómago lleno y los audífonos vibrando, analizas tus problemas. Tiene que haber una solución. La encontrarás. Recuerdas que el día en que llegaste: luego de dejar tus maletas en la posada saliste a dar un paseo, cuando pasabas por el viaducto viste hacia abajo, el río, y pensaste en lo fácil y conveniente que sería saltar. Olvidarlo todo y lanzarte a la corriente. La razón para no hacerlo era contundente: muy probablemente sobrevivirías. Además, tampoco era para tanto. La montaña te había hecho bien, si pasaras por el viaducto en este momento probablemente ni considerarías privar al mundo de tu presencia.
Al rato estás leyendo. No tenía caso seguir pensando, dándole vueltas a las mismas ideas. Ni sospechas que cuando despiertes te llegará la decisión fulminante como un rayo, sabrás que hacer. Por ahora disfrutas del libro y del silencio a tu alrededor. Este silencio no lo podrías comprar en la ciudad en la que vives. Que lujo. Consideras brevemente mudarte pero deshechas la idea, una persona como tú sólo puede vivir en medio del infierno, donde se desarrolla todo. Te esfuerzas para liberar la mente de pensamientos y volver a concentrarte en el libro. Lo logras. Una hora y once minutos después, te duermes con una sonrisa en la boca.