Leer lo que sus conocidos escribían le hacía ver su propio trabajo con otros ojos. Todo era una mierda. Todo era derivativo. Nadie tenía bolas, incluyéndolo. La literatura había caído en desgracia y nada la podía salvar.
Lo peor, sin embargo, era la obra de los que se suponía eran las voces del momento. De los que la crítica consideraba los herederos de la pluma, el futuro, los representantes de una escuela en construcción. Considerando que los cimientos se levantaban en un pozo séptico no cabía duda de que esto iba a terminar como empezó: mierda por todos lados.
Tomó el último sorbo de la taza de té y decidió calmarse, ignorar el olor e interpretar lo que lo rodeaba como un caliente baño de lodo, estirar las piernas y colocarse una rueda de pepino en cada ojo. En las inmortales palabras de Raoul Duke: “Ignore the nightmare in the bathroom”.
La vida no podía ser más perfecta.