Se ajustó el bigote nuevamente y nada, por más que lo intentaba aún no estaba conforme. Estaba seguro de que alguien en el público notaría que era él, conocía demasiada gente en Caracas como para pasar desapercibido. De cualquier manera tenía que salir ya, como era su primera vez le habían dado el honor de abrir el espectáculo y tenía que estar montado en el escenario en cuestión de dos horas. Se vio en el espejo cuerpo completo por última vez, la ropa de los noventas y la lipa falsa funcionaban bastante bien, el problema era la cara. Se colocó los lentes oscuros y se volteó rápidamente, apenas apareció en el espejo se reconoció. Esto no iba a funcionar.
Bajó caminando hasta la estación de Metro de Altamira, desde la montaña en la que vivía eran cerca de 25 minutos de aire fresco en los que pretendía calmar los nervios y ensayar su rutina en la mente por última vez. Una vez que llegó a la civilización rogó por encontrarse a alguien conocido para estudiar su reacción, pero no tuvo esa suerte. Bajó a las catacumbas infernales en las que se había convertido el medio de transporte más eficiente que tenía la ciudad e inmediatamente se arrepintió de haber venido caminando, la actividad física combinada con el vapor humano que emanaba el Metro mezclada con las tres capas de ropa que tenía encima pudieron más que él y comenzó a sudar copiosamente. Parte del disfraz, pensó.
Se bajó en Chacaito pues temía por su integridad física y no quería pasar por Sabana Grande de noche. Subió a la avenida Solano y comenzó a caminar hacia el local de rock que algunos lunes y otros martes recibía a la naciente escena de comediantes venezolanos. El aire relativamente fresco calmó un poco el calor extremo que había dentro de su traje de gordo improvisado. A pesar de que esta avenida era considerada de lo más peligroso de la ciudad nadie lo molestó, de hecho pocos notaron su presencia.
Una vez dentro del local lo pasaron al backstage - que no era más que una cocina en desuso con unas cuantas sillas de plástico - y le dijeron que se montaba en 30 minutos, lo cual él sabía significaba al menos una hora de espera. Se relajó y se tomó un trago de ron, bebida que normalmente no se permitía tomar ya que lo volvía loco y le generaba una resaca insoportable al día siguiente, pero hoy no era él. Hoy era Gastón García.
Cuando el presentador terminó la rutina con la que abría el show y lo presentó se arrepintió por la pobre selección de su nombre artístico, ¿Gastón García?, ¿En qué estaba pensando exactamente? Se montó al escenario con ese pensamiento en mente y se sorprendió al ver que había una cantidad respetable de personas en el público. Igual comenzó así:
- Esta rutina con la que los voy a aburrir hoy la escribí hace un par de años, cuando comenzó esto del stand up comedy en Venezuela, pero pensé: “voy a dejar que este montón de idiotas monten las bases, consigan un público, demuestren que esta vaina puede ser una alternativa para la noche caraqueña y cuando logren sacar los shows de los lunes y martes me anoto.
Luego lanzó un montón de chistes sobre rock, principalmente sobre los noventas, sobre Nirvana y Kurt Cobain, sobre Dave Grohl, sobre el disco de mierda ese que Chris Cornell hizo con Timbaland, sobre lo patético que es Eddie Vedder y lo excelente que es el soundtrack de “Into the Wild”. La mayoría de las referencias pasaron por encima del público, quizás comprendieron la mitad. Y cabe recordar que estaban en un local de rock que normalmente pone canciones de los noventas una detrás de otra. Hizo chistes sobre eso, se burló de los selectors venezolanos y de lo humillante que era su trabajo. Nada. Su rutina fracasó.
Quizás los nervios lo afectaron. Quizás falló en el delivery. Quizás debió grabarse, escucharse y ver que salió mal. Quizás la culpa no era del público y de su falta de cultura de cualquier tipo. Quizás simplemente no era gracioso. Quizás debía enviarle una transcripción de su rutina a varias personas y pedirles consejo. Quizás, quizás, quizás.
Lo cierto es que a pesar de que su carrera como comediante no había comenzado con los aplausos y las risas ensordecedoras que había imaginado, cuando salió del local estaba volando por las nubes, la emoción era más grande que él, lo que estaba sintiendo no lo había experimentado jamás. Nadie lo había reconocido. En el público había gente que lo conocía, interactúo con el dueño del local y el Dj, casi se le cae la peluca un par de veces, habló con una voz falsa por veinte minutos y nadie lo reconoció.
Quizás su comedia no había tenido el éxito que esperaba esta noche, pero su carrera como maestro del disfraz acababa de comenzar con una explosión que nadie escuchó. Era sólo suya.
MULTIMEDIA: “The Master of Disguise”, theatrical trailer: